Hay muchas maneras para matarse en vida, y elijo sufrir lentamente, en mi habitación.
Mientras la soledad me abraza, sobre este lecho vacío, la agonía me viene a visitar.
La música, quien fue mi fiel compañía, me destruye sin compasión. Y le lloro a la almohada, respirando con agitación. Y le pido que me perdone, lo que yo no me puedo perdonar.
Fue mi corazón una fortaleza, que creía ser impenetrable, pero fue pura ilusión.
Tan fuerte me creí, que en un descuido, todo se derrumbó.
La daga llegó tan hondo, que sentí que la muerte me llegaba. El filo del temor, daño mi orgullo, y desconsolado, me dejó postrado.
De este avismo, no veo luz que me salve. Y en caída, hacía el último impacto, solté todas las cadenas que me sujetaban.
Me dejé llevar resignado, para pagar con la condena que debiera saldar.
Y mientras se consume mi cigarrilo, sólo imaginó ser ese humo, que se desvanece, para no volver jamás a mi estado original.
Impaciente, me deboro peor que la ansiedad. Carcomido, por mis emociones, no me atrevo a sentir algo más.
Si pudiese ser como el cristal, sería transparente, pero en vez de ser incoloro, solo me identifica su fragilidad.
Porque me pude romper en diez mil pedazos. Y nadie podrá volverme a completar, ni aunque recolecte todos los trozos. Porque seré inerte, al haberle entregado el alma, a la persona que de mí se alejó para siempre.
No es mañana cuando deberías estar haciéndolo. ¡Apresúrate antes de que raye el alba! Después será el momento en que, todo ser humano, deberá sentirse realizado por completo.
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jueves, 16 de agosto de 2018
Verso VIII
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